España, ese querido país…

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oy una persona melancólica. De esas que de cuando en cuando echa la vista atrás y se recrea en los momentos vividos, en las personas que formaron parte de su vida y las mil huellas que han quedado marcadas en nuestras fotos, nuestros recuerdos y nuestra identidad.

Quizá por eso, cuando pienso en España como ese concepto abstracto que representa parte de mi infancia, mi adolescencia y mi época más transformadora (la universidad y lo que la rodea), me emociono (sí, como David Bustamente). Digo esto porque hace una semana tuve mi último encuentro con los alumnos de instituto con los que me reuno para ayudarles con el español. Están preparándose para el SAT (prueba estandarizada que sirve de Selectividad en EEUU). Les he dedicado casi 10 meses de mi vida: hablando, tomando un café, conversando y respondiendo a sus preguntas. Esa ha sido mi aportación social en este país. Y como siempre ha sido en el campo de la educación. En fin, el caso es que me preguntaron qué echaba de menos y qué significaba España para mí. Y al echar la vista al pasado, me cayeron lágrimas de emoción. No lo pude evitar. Eran tantas cosas…

Me emociono porque al pensar en ello aparecen las caras de los amigos que siempre han sido tan humanos en su trato y de tantas madres -y padres-que me han ayudado con una palabra de ánimo o con libros de textos, las imágenes de los niños de mi vida que han nacido allá y de lo importante que resultó para nuestra historia aquella decisión de mis padres de abandonar su vida de clase media acomodada para emprender un camino arriesgado. ( Recuerdo con infinita gratitud el caso de mi amiga, “mi hermana mayor”, cuya madre de origen argentino le echó tremenda bronca cuando un año repitió  de curso y no pudo pasarme los libros como acostumbraba! ¡La pobre niña!).

Tengo casi casi la seguridad, como diría Raphael, de que si hubiera crecido en mi país natal centroafricano, mi vida habría sido muy distinta. No sé si peor o mejor, pero no sirve de nada hacer historia ficción. Lo cierto es que cambiar de país me impactó muchísimo.

De un país donde casi todo el mundo era negro, a otro donde casi todos eran blancos. De ser mayoría a ser minoría. De ser hijo de dos profesionales (enfermero y auxiliar de enfermería) a ser hijo de inmigrantes pobres que trabajaban en lo que fuera (construcción, recolecta de frutas, camarero, limpiadora de platos, ayudante de cocina, obrera de fábrica..) De entender el idioma a no entender casi nada. Para mis padres tampoco fue lo mismo. No volvieron a pisar una clínica como profesionales, ni mucho menos tener una. A veces me cuesta comprender por qué lo hicieron. Por una vida mejor, seguro. ¿”Solo” por eso? No lo creo.

Pero todo avanza. Uno aprende que la sorpresa y la curiosidad que le producían los niños blancos y mulatos es universal y no sienta tan bien cuando eres tú el observado y tocado. Pero lo entiendes, porque has estado en la otra posición. Todo avanza y te das cuenta de que también puedes ser buen estudiante en otro país cuyo idioma no dominas, cuya historia no te menciona y cuyas costumbres te resultan extrañas.

Todo avanza, y cuando menos te lo esperas, te das cuenta de que ya no echas de menos al pasado, ni piensas en la gente al otro lado del charco con frecuencia. Que los llamas en Navidad o escribes alguna carta de vez en cuando y ya está. Que te sientes uno más.  Que has hecho amigos, te has apuntado a un equipo de baloncesto y entiendes perfectamente el idioma como para sacar muy buenas notas -para la sorpresa de algunos profesores que nunca dejaran de verte como extranjero por tu piel y tu acento- Que ya no te sorprende ver a parejas besarse y meterse mano en el parque. No te impresionan. Todo vuelve a ser tan familiar que pareciera que siempre fue así.

Y pasa el tiempo sumergido en una estabilidad bendecida por la lluvia y el frío cotidianos. Vas creciendo. Te vas formando. Encuentras tu rutina y tu lugar. Tus series de TV favoritas, tus presentadores, tus autores preferidos.  Tus padres se van amoldando. O los amoldas tú para que no piensen en otro cambio.

Llega la adolescencia. Empiezan las crisis de identidad. Y te das cuenta de otra capa de la realidad. Que siempre estuvo ahí, pero no te percataste de su amenazadora presencia. Hacerse un hombre negro en un país de blancos sin mucha experiencia en diversidad racial es cuando menos interesante. La inocencia de la niñez ya no te protege. Vuelves a recuperar tu condición de extranjero de una manera brutal y abrumadora. Ahora te miran como si fueras un recién llegado que acaba de cruzar la frontera a horcajadas. Te paran por la calle para pedirte los papeles, que nunca has sentido la necesidad de llevar encima. Nunca serás uno más. Simplemente porque tu piel te delata como de otro sitio. Y das igual lo bien que hables el idioma. Da igual que te sepas la historia de España como cualquiera. Da igual lo bien que te hayas integrado, simplemente eres un extranjero autorizado a vivir aquí. Y no es irrevocable. Y no puedes hacer nada al respecto. Te das cuenta de que los libros que lees y el mundo que has adoptado como tuyos no cuentan contigo. No estás allí. Y cuando apareces, no es de modo muy bonito.De das cuenta de que tus padres también tienen su mundo aparte, con otros extranjeros. Otros africanos. Sin importar idiomas o mapas. Es otra burbuja de la que te has ido separando sin ser muy consciente.

Diferencias perfectamente los dos mundos (aparentemente) irreconciliables en los que vives, que comparten territorio pero cada uno en su burbuja. Entras y sales en los dos, pero no acabas de encontrarte completamente a gusto en ninguna. Crece tu angustia al sentirte diferente. No solo de piel, sino también de impulsos y afectos. No todos tenemos los mismos gustos. Pasas de Bécquer a Cernuda. Y te cuestionas las diferencias biológicas, sexuales, históricas. Te lo cuestionas todo. Y buscas libros de autores africanos en la biblioteca del barrio. Sin mucho éxito. Y te das de bruces con la soledad. La peligrosa soledad para un adolescente infeliz.

Pero incluso entonces, siempre hay gente que te apoya. Tuve la suerte de hacer algunos buenos amigos. Fueron los que le dieron sentido a mi particular burbuja vital. Y  mi madre. Mi madre que se merece un templo. Esa persona que sin entenderme, me entendía. Que sin obtener respuestas,  me comprendía. Sí, eso y un poco de sentido de lucha, del deber de corresponder a tanto sacrificio invertido en mí… todo eso me impulsó a seguir luchando. Estudiando en mi mundo. Trabajando en lo que podía para no depender de mis padres.

Sí, todo avanzó. Y fui a la universidad. Con matrícula de honor, es decir, gratis. No pudieron negarse a que me fuese lejos de casa. No les costaría ni un duro. En teoría. Y empezaba la etapa más crucial para mi salud mental. Estudiar algo que me apasionaba, en un ambiente de jóvenes de mente abierta y compartir piso con gente más abierta aún. Compartí piso durante 6 años con españoles de todos los rincones del país. Pude comprobar que teníamos muchas cosas en común. Pude viajar y conocer sus pueblos y ciudades, ir de fiestas locas en casi todas las comunidades. Estudiar como un cosaco en los períodos de exámenes y luego seguir como si nada descubriendo el mundo.

Pude ir de Erasmus, gracias de nuevo a mis buenas notas, mis ganas de aprender inglés y la valentía exploradora que heredé de mi padre.

Y llegó otro momento crucial. Cuando estás en el extranjero  representando a un país que te considera a su vez extranjero. Es una sensación paradójica. (Ya lo decía el escritor Carryl Philips, británico de origen caribeño, que se sentía más inglés fuera de Inglaterra)

Por un lado, quedó claro que tengo un lado profundamente español que me hace sentirme en casa cuando me encuentro con uno, o simplemente cuando puedo hablarlo con cualquier hispanohablante. Formamos piña inmediatamente. Por otro lado me di cuenta de la ventaja que me supone estar acostumbrado a lidiar con lugares desconocidos y del vínculo no escrito que existe entre todos los extranjeros en un país. Tanto es así que alguien con quien no te habrías entretenido ni 10 minutos en tu país pasa a ser tu refugio y amigo compatriota en el extranjero. Eso sin contar la suerte de poder estudiar en unos de los países más caros y solicitados del mundo, donde pude conocer a estudiantes de todo el mundo, aprender de sus realidades y ser capaz de entenderme con los que venían de países ricos o pobres. Me descubrí como un ciudadano del mundo, con todas sus ventajas. Reafirmarse de que no  se necesita elegir. Está bien no ser completamente una cosa u otra. Ser culturalmente ambiguo no puede sino ser una ventaja en un mundo globalizado. No te ubican, no te clasifican, les sorprendes, los entiendes y os reís juntos. Lo mismo te unes a un grupo de latinoamericanos, que a unos nepalíes que a unos congoleños. Los idiomas, como las identidades, fluctuaban. Ser africano sin serlo totalmente. Representar a España sin serlo del todo. Y no pasaba nada.

Podía entender las circunstancias de los estudiantes africanos, de los pobres cuya brillantez académica les había llevado hasta allí; y  los ricos que siempre habían sido privilegiados del sistema  de clientelismo y nepotismo africano, pero de repente se enfrentaban al estatus de ser negros del “Tercer Mundo” para algunos. Discutir sobre los efectos de la crisis económica y política de España con amigos de Jaén o de Galicia, y aprender y escuchar historias y vivencias de mexicanos, argentinos, indios, trinitenses, neozelandeses, etc. El mundo se tornaba pequeño, tangible y casi a nuesto alcance…

6 años después, el mundo ya no me ilusiona tanto. Quiero descubrirlo, pero de una manera menos elitista. Porque ser estudiante internacional en Londres no es una experiencia muy representativa de la existencia del común de los mortales. Tener una educación superior no te abre todas las puertas. Ser una minoría te supone demostrar siempre que también puedes, incluso en el siglo XXI. España está entre la normalización y el rechazo.

Hace un año y medio que vivo entre EEUU y España. Esta vez por trabajo. Ahora parece que se termina mi aventura estadounidense, y me encuentro otra vez ante la situación de volver a España. Me encanta. Y me aterra. Es el síndrome del inmigrante inseguro. ¿Habrá vida después de lo conocido. Encontraré trabajo en España. Tendré que irme de nuevo?

Y calibrando  qué hacer con mi vida en un país con un 21% de desempleo, donde los licenciados en Letras lo tenemos realmente chungo. Me planteo coger mi colchón ahorrado y lanzarme a montar una empresa. O tal vez seguir buscando trabajo como profesor de idiomas: ¿Español, Inglés, Francés? De español lo dudo, por eterna condición de extranjero pero no es imposible. Tampoco pensé que fuera a enseñarlo en EEUU. De inglés, más probable, especialmente tras pasar más de dos años fuera en los países que consideran estrella (sí, así lo vemos); de Francés, posible por el simple hecho de que soy nativo, a pesar de que eso no signifique casi nada a efectos lingüísticos, a pesar de que  no me sienta tan cómodo con su gramática… Es la dictadura de la lengua materna en un mundo postnacional.

O quizá por fin tenga el tiempo para lanzarme a escribir aquel libro que siempre he querido escribir. O a intentar ser periodista freelance después de tanto tiempo (5 años) si tocar la comunicación y en un país donde no hay corresponsales de medios africanos. Muchas posibilidades, ninguna seguridad y pocas respuestas. Lo único que tengo claro es que, con la nieve que está cayendo aquí en el Oeste, quiero entregar las notas finales lo antes posible, coger mis bártulos y plantarme en esa  España querida.

Donde me siento tan en casa y tan extranjero. El punto de referencia al que siempre regreso. Aunque sea para ayudar a mi madre a pagar la hipoteca o para hacer de voluntario en la ONG del barrio. Hasta pronto…

Cheers!

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